Mirarse al espejo es tan triste cuando se refleja sólo uno mismo. Cómo podemos nombrar, catalogar aquello que se resiste a ser atrapado, como un pajarito vulnerable que huye a su nido donde siempre estuvo más seguro. Che, esto empezó a doler hace ya mucho tiempo, me niego a decir dos meses, o tres o los que quiera que sean, porque no serviría de nada, igual que hablar de ruptura, qué carajo. Ni siquiera hay algo que pueda llamarse ruptura, o final, si no hubo antes un comienzo desde el que hilvanar las absurdidades... Vos andás mal, yo no sé cómo, no vale imaginarlo pero tengo tantas ganas de escuchar tu voz un sólo segundo, contarte enterito el capítulo noventa y tres de Rayuela. Pero te me alejas tanto... Yo que me había prometido y hasta creido tomar las cosas de una manera lógica y consecuente con la situación, proceder al anulamiento de tu persona, ese tipo de asesinatos que cometen los amantes despechados, tratando de encontrar en los demás un atisbo de ti, o sólo tu aroma, o nada, sólo dejarse caer por otros agujeros. Me dejo caer y he aquí que termino de nuevo al comienzo, de vuelta de todo, intentando muy absurdamente, lo más absurdamente posible, volver a iluminar tu vida plagada de oscuridades. ¿Por qué no me dejás intentarlo apenas? Déjame que la realidad me vuelva a abofetear, la muy perra, que me abofetee así muy fuerte, cachetes rojos y vuelta a empezar o terminar.jueves, 2 de julio de 2009
Teoría pragmática inservible
Mirarse al espejo es tan triste cuando se refleja sólo uno mismo. Cómo podemos nombrar, catalogar aquello que se resiste a ser atrapado, como un pajarito vulnerable que huye a su nido donde siempre estuvo más seguro. Che, esto empezó a doler hace ya mucho tiempo, me niego a decir dos meses, o tres o los que quiera que sean, porque no serviría de nada, igual que hablar de ruptura, qué carajo. Ni siquiera hay algo que pueda llamarse ruptura, o final, si no hubo antes un comienzo desde el que hilvanar las absurdidades... Vos andás mal, yo no sé cómo, no vale imaginarlo pero tengo tantas ganas de escuchar tu voz un sólo segundo, contarte enterito el capítulo noventa y tres de Rayuela. Pero te me alejas tanto... Yo que me había prometido y hasta creido tomar las cosas de una manera lógica y consecuente con la situación, proceder al anulamiento de tu persona, ese tipo de asesinatos que cometen los amantes despechados, tratando de encontrar en los demás un atisbo de ti, o sólo tu aroma, o nada, sólo dejarse caer por otros agujeros. Me dejo caer y he aquí que termino de nuevo al comienzo, de vuelta de todo, intentando muy absurdamente, lo más absurdamente posible, volver a iluminar tu vida plagada de oscuridades. ¿Por qué no me dejás intentarlo apenas? Déjame que la realidad me vuelva a abofetear, la muy perra, que me abofetee así muy fuerte, cachetes rojos y vuelta a empezar o terminar.
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