jueves, 30 de julio de 2009

La belleza y el golpe se conjugan casi a la perfección cuando hacemos de nuestra lesión irrevocable una bandera altiva, una herida que enseñar a los demás cuando ya estamos de vuelta y nos reímos de las desgracias porque sabemos mirar hacia delante, deleitarnos con una lujuriosa fotografía y llevar el pasado y el deseo a cuestas.

lunes, 27 de julio de 2009

Lover Lover Lover

El horizonte
como la barra sucia de un bar desconocido
en la que nunca me podré apoyar.

Invitación, Luis García Montero.

Cada tiempo de dudas necesita un paisaje,

que se multiplica a medida que vuela el tiempo y sigue el amor

por derroteros elásticos y calles muertas


Así el mío no puede ser un solo paisaje de luces

entremezcladas con bares que nunca cierran y pintalabios rojos,

no puede ser un solo paisaje de habitación periférica

con vistas a la uniformidad y sin gente caminando


Así mi tiempo de dudas es también la certeza

de que podría nacer una flor de este nuestro desierto,

de que seguramente me llamarás para invitarme a un café

y comunicarme invariable tu progresiva muerte


Cada tiempo de dudas necesita un paisaje

y el mío es toda esta ciudad en la que habitas.

sábado, 25 de julio de 2009

Sinvergüenza


He sido niña de pelo corto con ojo tapado, mujer a los once, tonta sin fin.

He bajado la cabeza bajo un cielo radiante por los espinazos terrenales,

He subido interminables montañas sólo para contemplar las laderas y pueblos.

Estuve en parques, playas, ciudades que ya no recuerdo y que son ahora

Parte ciega e inexpugnable de mi vida.

Estuve en calles estrechas, plazas sin nombre, casas vacías, de cuya geografía

No falta en mi memoria ni un nimio detalle.

Curiosa la labor azarosamente selectiva de la memoria.


He sido cachetes rojos, dos coletas, soy una cara llena de pecas.

Una noche pedí un deseo a una estrella, y se cumplió a la mitad, tres años más tarde

(pero valió la pena)


Casi siempre estoy sola, y así duermo, leo y escribo cuando quiero. Como hace años.

Fui ingenuamente infantil, ahora soy infantil e ingenua a secas.

Presté ignominiosas cantidades de libros

Que nunca me serán devueltos y que no reclamaré.

He sido demasiado buena, ahora creo que soy sólo buena, sin el demasiado.

La experiencia con la maldad contamina el alma más que la gasolina.


Dejé en el camino algunas luces encendidas, puertas abiertas donde entrar una noche negra como muchas de las que me asolan. Llevo el pasado conmigo. O una parte.


En el bolsillo llevo frases cada una de diferente color, textura, estilo y autor, corazón

Fragmentado pero entero, dispuesto a darse. No llevo nunca dinero

Cuando lo necesito. Acaso tickets desechos después de una tarde en la lavadora.


Colecciono recuerdos incoloros por el paso del tiempo, cartas que me escribieron

Aquellos que no están y los que aún no se han ido. Todo es de paso, un viaje.

Guardo también escenas muy a la nouvelle vague, algunas surrealistas, cotidianas,

Incontables torpezas, tropiezos, algunos discos y cuadros de Chagall.

Tengo abrazos espontáneos, y besos en la oreja de los que hacen ‘piiii’.


He sido muchas cosas: niña mimada, pirata de palo, enamoradiza de los peores cocodrilos, mujer con uñas pintadas, intento fracasado de femme fatale, hija de Lulú, seguidora fiel de Lolita, un poco Maga (torpe, siempre torpe) y muy yo.

Sobre todo muy yo. Lo demás es ornamento y simetría cómoda y moderna.

Vi demasiados filmes oníricos, leí multitud de libros que nunca están en la sección novedades. Una vez se me ocurrió que la vida no es una carrera,

Que la lentitud es consciencia, y ya no tengo prisa.


En la pared de mi cuarto hay un retrato que me hicieron hace tiempo.

La misma mirada, labios paralelos, igual nariz. El pelo

Quizá un poco más corto. Teñido de negro. A veces

me olvido de esa que fui y que he sido y me engaño creyendo,

sin querer, que sólo soy lo que ahora.

Niña mimada, pirata de palo, cachetes rojos…

sábado, 18 de julio de 2009

A modo de tregua

La chiquita piconera. Julio Romero de Torres.

Dime por qué todavía te deseo, por qué tu nombre vuelve
como el hacha a la herida en una amarga visitación de la medianoche,
a la vera de un campo funerario donde larvas se multiplican
húmedas babas, recuento interminable de torpezas,
dime desde esa nada donde ahora te atrincheras, dime
por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas,
discar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre
para que solitariamente
me agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo,
de una fragancia donde habita el musgo.


Julio Cortázar. Aftermath, en Último round. 1969.

jueves, 16 de julio de 2009

Levántate y anda (II)


Accediendo a la bandeja de enviados de su cuenta de correo, encontré esta carta, que ella mandó meses después del italiano mal cantado.

Creo que te equivocabas cuando decías que no eras fotogénico, o quizás mis ojos tergiversan la realidad en la que te insertas, donde el tiempo pasa rápido y me olvido de articular cualesquiera de los pronombres personales. Además, la foto no salió movida esta vez, y en ella se difuminaban la calle, los bares y tu rostro en un cúmulo de grises infinitos. No tardé en mostrártela para que vieras, para que tú mismo te dieras cuenta del milagro. Te hice dos regalos, uno tenía que ser un libro, el otro tenía que ser una foto donde la flor que me regalaste en invierno ocupaba el primer plano, ya seca por el paso de las noches. No recordabas, no hacías sino mirarla muy atentamente, el ceño fruncido como queriendo decir no puede ser posible, yo pensando lo mismo. Desde entonces te he dejado tiempo, para que la mires en casa y me digas cuando te acuerdes, si alguna vez te acuerdas.
Aquel día, el día de la foto y el libro, del restaurante italiano (curioso azar cuando hacía unos meses estaba en tu casa cantando Amore disperato) y del té verde, me fui cayendo al suelo y no te dabas cuenta. Sentados en unas mesas donde se superponían retazos de papel de periódico en diversos idiomas, tuve ganas de mirar hacia abajo y decir que te había echado de menos, y no lo hice. Tú hablabas de personas que me eran lejanas y cuyas vidas aunque curiosas no me importaban lo más mínimo. Cuando nos poníamos así, era un marujeo metafísico que me terminaba cansando, y me hacía pensar que era solo un salvoconducto para no acabar hablando de lo que había que hablar. Hay una cosa que se llama miedo, yo lo tengo desde luego, y quizá tú también, y ese miedo está en todas partes, incluso en nuestra conversación sobre mis notas de la universidad.
Como tuve miedo, no hice otra cosa que fotografiarte, por aquello que dijo Cortázar de que fotografiar era una de las mejores maneras de combatir la nada. Y la nada se interponía a las cinco de la tarde entre nosotros, en el nimio espacio que había entre tu silla y la mía y mis piernas estiradas. Cuando fuimos a por el coche, aparcado en el subterráneo, sentí miedo del final. No era la primera vez, porque sentarme en el asiento de delante y ponerme muy lentamente el cinturón significaba el camino a casa, al vacío en el que tu presencia es como agua al fuego, o algo así. En esa situación desagradable siempre deseaba una tercera guerra mundial, atascos de treinta kilómetros, manifestaciones multitudinarias contra el aborto. Una serie de desgracias que me hubieran producido diez suspiros, una declaración en condiciones, con papelito para no olvidar lo importante e irme por las ramas. De qué hubiera servido. Los semáforos en rojo iban sucediéndose pero tu coche azul avanzaba, esquivaba todo obstáculo sans problème para terminar dejándome muy educadamente en la calle que conducía a mi casa. Gracias por el libro, era por tu cumpleaños, dos besos y una mirada que se podía interpretar de mil maneras o de ninguna, o por qué hay que interpretarlas. Abrí muy lentamente la puerta, y tienes que ir ahora a trabajar, como siempre hacía en nuestras despedidas automovilísticas. Ahora podría empezar a llover, o a caer granizo, o podría acabarse la gasolina. Cerré la puerta, y no sonó como un signo de interrogación sino como un guantazo de vuelta a la realidad, espero a que des la vuelta a la avenida, te pido que pares y ya escupo lo que haya que escupir. El coche azul no pasa por este semáforo que llora en tres colores, me vuelvo y avanzo y doy la espalda, y eso también es una metáfora. De repente, en medio de una tristeza cobarde en la que tu olor se evapora, me acuerdo de aquella frase levántate y anda de la que nunca eché mano. No me había parado a pensar nunca que desde el suelo más profundo y oscuro pudiera desafiar la gravedad de la esperanza.

lunes, 13 de julio de 2009

Así son las cosas (I)


Nunca llevaba reloj, en eso se parecía a ella y también en que andaba siempre mirando distraídamente el suelo como si un terremoto fuera a acabar de repente con los adoquines. Eso ya es una señal, ve usted, la señal de que no se está por completo en el mundo, porque el mundo resulta amenazante. Entonces uno se refugia en sí mismo, y eso le pasaba seguro a este hombre. Ocurre que cuando la conoció el estado ya de por sí caótico de las cosas en su vida se volvió aún más palpable. Y ahora qué carajo, pensaría. La chica era bastante más joven, de hecho verlos juntos por la calle era algo totalmente fuera de lo normal a los ojos de cualquier persona observadora. Porque no parecían pareja, ni padre e hija, parecía más bien que por algún azar se habían encontrado y así tenían que estar juntos, no había otra. No pertenecían a esa clase de parejas que uno los ve y al rato afirma claro, si es que uno es un torbellino y la otra una pájara en una jaula, tenían que estar. Más bien al contrario, a menudo sucedía que la gente se preguntaba lo siguiente: qué hacía una chica joven al lado de un tipo tan austero, y considerablemente mayor. Claro que a mí no me interesa por qué estaban juntos, estarían por algo, digo yo. El caso es que este hombre conoció a la chica en un momento que no era el ideal, ya sabe, con cuarenta años uno se mira al espejo y dice el tiempo pasa y yo quiero quedarme en casa, o algo así. Bueno, no era eso exactamente, lo que quiero decirle es que en su interior se libró el combate resabido entre lo que se quiere y lo que se debe hacer y al final se quedó en la casa.

A cualquiera le hubiera bastado esta negativa para darse por vencido, esconder las cartas del juego o mejor quemarlas, ¿no? La realidad, lo natural, lo preconcebido, se impuso totalmente, o al menos eso era lo que tendría que pensar la chica, y cualquiera al que se le presentara la situación. Una moral al uso echa mano de la lógica, de lo que se impone, en definitiva de lo que llamamos racionalidad. Se olvida poco a poco, se busca otras pieles y otros olores, uno se emborracha todos los días y al final sólo una vez en semana, hasta que de repente y sin que haya pasado más de un mes la mente en blanco, como el botón reset, igualito. Pero por alguna extraña razón (¿o debería decir cerrazón?) la chica se emborrachó, probó pieles y olores y echó mano de los impulsos apareciendo día sí día no en la vida de un hombre que se estaba rehaciendo. Obstinado en olvidar esos labios rojos y sus desiguales dedos de los pies, este hombre hacía oídos sordos a todas las llamadas de auxilio. Una vez que seguí a la chica durante toda la noche, mezcla de farolas y colores, terminó junto con otra acompañante cantando canciones de amor en la puerta del susodicho. Quizá lo mejor sea decir que no estaban demasiado borrachas. Simplemente un pacto tácito les había echo rebelarse contra un muro que estaban dispuestas a derribar, ya se sabe como son los jóvenes, ¿no? Cantaban canciones en italiano, y no lograban ponerse de acuerdo en la letra, desde luego. Eran torpes y lo sabían, pero me resultaron hermosas y frágiles aquella noche. Después de aquello casi me decidí por abandonar mi tarea, pero aquello era el comienzo de algo muy exclusivo.

jueves, 9 de julio de 2009

Las flores que el primer día me regalaste


Lo nuestro duró...

Lo malo de las historias es que también son cuentos
Que se cuentan no sólo de noche
Y que la noche es una profunda inmersión en la angustia
de un pretérito tan presente como que ahora son las diecisiete y catorce

Lo malo de los finales es que cuando llegan de improviso
me niego a colgar un cartel que diga cerrado por derribo
porque todavía me pienso construyendo un futuro imposible
que muere con la luz apagada

Lo malo de la esperanza es que se convierte en un botón de standby
que parpadea esperando el roce de tu dedo índice
y que no hay dedos ni olores de esos
que había cuando cerraba los ojos montada en tu moto

Lo malo de ti es que no hay razón para decir adiós y cerrar la puerta,
y que si la hay no importa porque vale más
lo que dices, lo que callas y lo que eres conmigo
una tarde sin fechar por las calles del centro

Lo malo de la ausencia es que es una presencia lejana y no el vacío
que al menos se deja colorear por otras luces,
que es terriblemente ambigua por eso de que estás y no,
cuando quiero esos dos ojos mirándome

Lo malo del deseo es que nunca es el mismo pero es siempre igual,
de-se-o de lo palpable y de lo que no puede nombrarse,
algo que está más allá de lo posible tras el muro
que lleva muchos siglos en pie

Lo malo del amor es que es completamente ciego,
y esto es una frase cursi, resabida, inútil
pero una verdad aterradora.

martes, 7 de julio de 2009

Los siete elementos capitales, Marx Ernst

Danza del amor peligroso
del amor oscuro y laberíntico
irracional, prolongado
hasta la pequeña muerte

viernes, 3 de julio de 2009


Tienes en tus manos todo el amor del mundo. Abre la puerta con la llave que guardas tan celosamente en tu bolsillo y déjame entrar a ese espacio oscuro plagado de letras impresas y cuadros de Grosz. Encerrémonos en la habitación cinco días, cuéntame qué cosas tan feas sueñas y yo te haré un café y te daré un beso en la mejilla y dormiremos la siesta juntos. El verano pasará como un pájaro blanco en un cielo terriblemente celeste, volaremos con él y la lámpara de Aladino cumplirá todos nuestros deseos. Deslízate por mi cuerpo suavemente, como ahora rescato el sabor de tu hombro con un pequeño lunar apenas visible. Labios que quiero morder hasta que olvidemos la tristeza siempre a cuestas. Ya no me importa qué diga la gente, ¿nos importó alguna vez acaso? Aunque nunca nos besáramos en público, no era necesario, yo te miraba al otro lado de la mesa de madera donde se interponían felices entre nosotros un té y una coca-cola. Cuando nadie nos veía nos besábamos con tantas ganas, como si fuera la última vez, que alguna vez lo fue, o todas. Yo nunca sabía cuando terminaría el sueño. Hace ya un año que nos cruzamos par hasard o tal vez ya estaba escrito eso de que nos encontráramos. Me gusta imaginarte fumando un lucky en tu escritorio acordándote de mí y echándome mucho de menos, justo como yo ahora. Date prisa en acercarte. Te diré cosas muy bonitas y tendrás que juntar tus pies con los míos para calmarme. Tal vez llore o tal vez no, pero sabrás que no te miento si te digo que me iría contigo a cualquier isla desconocida. Yo te escribiría poemas por todo el cuerpo, nos separaríamos por un rato y luego haríamos el amor por toda la casa. Eso es lo que debería pasar, eso y mucho más, si no fuera.

Ivre

Arthur Rimbaud, enfant terrible


Viento en hélice

Hacia poros abiertos

Dedos cruzados

Flor yacente

Pies en la acera

Mirando el negro

El blanco que resulta

De cerrar los ojos


El mar en el tobillo

Restos de arena

El baile de las hojas

Acaricia el alma

El baile de las manos

Atraviesa laberintos

Sueños nacidos

Hacia dentro


Dedicado al vecino del cuarto

jueves, 2 de julio de 2009

Teoría pragmática inservible

Mirarse al espejo es tan triste cuando se refleja sólo uno mismo. Cómo podemos nombrar, catalogar aquello que se resiste a ser atrapado, como un pajarito vulnerable que huye a su nido donde siempre estuvo más seguro. Che, esto empezó a doler hace ya mucho tiempo, me niego a decir dos meses, o tres o los que quiera que sean, porque no serviría de nada, igual que hablar de ruptura, qué carajo. Ni siquiera hay algo que pueda llamarse ruptura, o final, si no hubo antes un comienzo desde el que hilvanar las absurdidades... Vos andás mal, yo no sé cómo, no vale imaginarlo pero tengo tantas ganas de escuchar tu voz un sólo segundo, contarte enterito el capítulo noventa y tres de Rayuela. Pero te me alejas tanto... Yo que me había prometido y hasta creido tomar las cosas de una manera lógica y consecuente con la situación, proceder al anulamiento de tu persona, ese tipo de asesinatos que cometen los amantes despechados, tratando de encontrar en los demás un atisbo de ti, o sólo tu aroma, o nada, sólo dejarse caer por otros agujeros. Me dejo caer y he aquí que termino de nuevo al comienzo, de vuelta de todo, intentando muy absurdamente, lo más absurdamente posible, volver a iluminar tu vida plagada de oscuridades. ¿Por qué no me dejás intentarlo apenas? Déjame que la realidad me vuelva a abofetear, la muy perra, que me abofetee así muy fuerte, cachetes rojos y vuelta a empezar o terminar.