Pronto habrá vacaciones, siento la semana llegando a su fin.
Hoy es uno de esos días de café, periódico y cigarrillos, aunque éstos últimos se prohibirán en breve en todo espacio cerrado, por razones de salud pública con la consiguiente desaparición de los ceniceros de cristal, y de un gran tópico literario.
Esto último no tiene demasiada importancia, sólo van a sentir pena los nostálgicos del cine de los sesenta donde los protagonistas no se entendían sin el pitillo en la boca.
Pobres nosotros que somos hijos de este maldito siglo mecánico efímero asquerosamente educado en la frivolidad las frases hechas peor que la comida precocinada.
Pobres los que hacemos del desencanto una bandera descolorida y rasgada, de la que no estamos demasiado orgullosos.
No lo estamos, no. En cambio sí de esa hostia que le metieron que ojalá le hubiera partido la cara entera a Berlusconi, cuya conciencia seguirá brillantemente intacta al igual que la nuestra.