sábado, 26 de diciembre de 2009

Qué queda de mí


Qué queda de mí
después de un otoño de hojas caídas
y días perdidos en el calendario

Después de una tormenta que sacudió
los esquemas juveniles
en que creí basar mi vida

Qué queda de mí
tras darme cuenta de que no he crecido
o, al menos, no lo suficiente

En este invierno de luces eléctricas
y vacaciones impagadas donde no encuentro
ningún espejo en que mirarme
sin extrañeza

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Desencanto. Poemas de la basura

Pronto habrá vacaciones,
siento la semana
llegando a su fin.

Hoy es uno de esos días
de café, periódico y cigarrillos,
aunque éstos últimos
se prohibirán en breve
en todo espacio cerrado,
por razones de salud pública
con la consiguiente desaparición
de los ceniceros de cristal,
y de un gran tópico literario.

Esto último no tiene
demasiada importancia,
sólo van a sentir pena los nostálgicos
del cine de los sesenta
donde los protagonistas
no se entendían sin el pitillo en la boca.

Pobres nosotros
que somos hijos de este maldito siglo
mecánico
efímero
asquerosamente educado en la frivolidad
las frases hechas
peor que la comida precocinada.

Pobres los que hacemos
del desencanto una bandera
descolorida y rasgada,
de la que no estamos
demasiado orgullosos.

No lo estamos, no.
En cambio sí
de esa hostia que le metieron
que ojalá le hubiera partido la cara entera
a Berlusconi, cuya conciencia
seguirá brillantemente intacta
al igual
que la nuestra.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Esas sombras huidizas

cuando me quiero explicar

mis demonios se ponen groseros

Nacho Vegas


Ah, que tú escapes en el instante

en el que ya habías alcanzado tu definición mejor

José Lezama Lima


En una habitación cuadrada

plagada de palabras ininteligibles,

nace un olor que evoca sombras.

Verdaderas sombras huidizas.


Y este hecho es suficiente. Me basta

para no sacar nada en claro.

Las formas sin conceptos, alejadas

de una realidad que amenaza

con sus puntiagudas gunfias.


De una realidad. De almas incorpóreas

que al cerrar los ojos hago palpables.

Y me aferro a esas creaciones solitarias

y tristes, sin ninguna lógica posible.


Y te veo en una habitación cuadrada

plagada de palabras ininteligibles

donde ya no eres sombra, sino un hombre

al que miro, con una mirada limpia

y llena de asombro, cuando te pienso

bebiendo de un vaso de cerveza

tocándote la barba con los dedos.