lunes, 30 de noviembre de 2009

Moriyama

es una habitación sin vistas
o con vistas a la desolación
al caos urbano
y sus luces parpadeantes
a la ciudad imposible
plagada de desconocidos

es una habitación sin vistas
a la esperanza
a los caminos que se bifurcan
ni tampoco
al encuentro inesperado

es una habitación sin vistas
a esas calles como magnolias
sin asomos leves
a las incontables posibilidades
de las aceras

es sin embargo
una habitación con vistas
al humo solitario
entremezclado
con las sábanas blancas
del vacío

es sin embargo
una habitación con vistas
a calles desiertas
de madrugada

a aquello que
todavía
inútilmente
insistimos
en llamar
vida

jueves, 5 de noviembre de 2009

Los andares de Derrida



Estoy segura de que Derrida sabía que un caminar lento sólo les está permitido a aquellos que desde el comienzo de su conciencia deciden dedicar su vida a la maravilla de las cosas intangibles que nos lleva toda la vida explicar, sin saber al morir si seguirán siendo tal y como nosotros las tratábamos.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La notte

Se puede renacer sólo tras la humillación
Tok tok, Christina Rosenvinge

-Es cierto, he bebido demasiado.
Aquel vodka agujereó de a poco mis entrañas, me fui sintiendo cada vez más y más vulnerable, bajo una montaña donde el fango se extendía multilateralmente. Terminé por cerrar los ojos y, al sentarme, manché mi vestido de tierra mojada y otros sucedáneos. Poco después me obligaron a levantarme, y el constante dolor de cabeza que me azotaba desde hacía un rato se volvió aún más punzante. Tuve que bajar esa montaña, abrir las piernas, agacharme un poco y sujetarme el pelo. Y no fue sólo ese maldito vodka lo que salió de mi maltratado estómago: vomité las ilusiones de la pasada semana, algunas fotografías en blanco y negro, las pocas frases esperanzadoras sacadas de algún libro con hojas amarillentas. No quería volver a casa, sino quedarme a tu lado, soportar un poco más tu indiferencia, por si me daba por aceptarla con resignación y ojos mirando al suelo, ajenos al tiempo y al espacio. Así pues, te seguí hasta donde tú me dejaste que lo hiciera. El final era siempre el mismo, sin excepción. Lograba tu excitación con mi ingenuidad latente: empezabas a morderme delante de todo el mundo, porque habías decidido provocar en mí algo mucho más inconmensurable de lo que tú sentías. Yo acababa besándote y pidiendo disculpas por el atrevimiento: nada, nada, aquello era sólo el comienzo de otro ritual muy parecido al anterior. En una cama de sábanas rojas y huellas de gato, todavía ebria, te hacía el amor todo lo bien que me habías enseñado. Viajaba por derroteros oscuros e ignominiosos. Hasta que me dí cuenta de que no había unión posible, y te dije:
-Carga, apunta y dispárame.