martes, 29 de junio de 2010

milagros de la arquitectura posmoderna


Este sitio bien podría ser París.
Café San Miguel, Roger Wolfe

No había parado en casa apenas.
Quedamos a las cinco y ella
cogió el Opel de su madre
para irnos al centro comercial.

Compramos unas bragas
de textura indescriptible,
un bolso negro, pequeño,
y una cartera de lunares.

Me confesó no haber
almorzado al levantarse,
y nos fuimos a un dönner-kebab
a que saciara su hambre.

Yo me quedé fuera
con el cigarrillo, compañía
deplorable de estos tiempos.

Un camarero extranjero
me guiñó un ojo
en señal de aprobación
del compañero humeante.

Me senté a terminar
de fumar, y en mesas de plástico
se asentaban personajes ilustres,
una mujer gorda, tal vez con su hijo,
y una yanqui novia de un tipo
que hablaba árabe.

No sé por qué me creí
que estaba en uno de esos bares
de naturaleza norteamericana,
y olvidé todo provincialismo,
el color especial que dicen que tiene
esta ciudad sureña.

Y en medio de la urdimbre
me percaté de unas curiosas vistas,
de la buena localización
del restaurante, de este
centro comercial que odian
los arquitectos, y le dije
a mi amiga que podríamos
venir aquí a cenar un día.

domingo, 27 de junio de 2010

verano

verás, me gusta emborracharme con alcohol a quince grados y fumar cigarrillos a escondidas desde un resquicio de la ventana, con las persianas cerradas de par en par sin dejar lugar a alguna de las posibles proyecciones de mi sombra. quedarme anclada en la cama, de brazos abiertos y sentir cómo el aire me fatiga, cómo empieza a sudar mi frente en un tremendo simulacro de algo sin nombre. el ruido de mi respiración se convierte en la cárcel de un mundo que proyecto sin saberlo y que posiblemente no exista. verás, es triste yacer en unas sábanas rosas que terminan con sencillos encajes, ser incapaz de pensar el cualquier cosa y abandonarse al estado casi inconsciente del cuerpo. el alma entonces es aquello inasible que anda rondando por el cuarto, sin que yo la vea y sin que sea capaz de percibirla. pero en algún lugar han de esconderse todas mis cosas, cuando nada en mí se dispone a abrir los cajones llenos de polvo, de nostalgias agarrotadas o tal vez de algún blues en modo sentimental. o a lo mejor no merece la pena todo eso, y es así como gusto de abandonarme en un ensueño sin la posibilidad de la palabra.