La belleza y el golpe se conjugan casi a la perfección cuando hacemos de nuestra lesión irrevocable una bandera altiva, una herida que enseñar a los demás cuando ya estamos de vuelta y nos reímos de las desgracias porque sabemos mirar hacia delante, deleitarnos con una lujuriosa fotografía y llevar el pasado y el deseo a cuestas.