Este sitio bien podría ser París.
Café San Miguel, Roger Wolfe
No había parado en casa apenas.
Quedamos a las cinco y ella
cogió el Opel de su madre
para irnos al centro comercial.
Compramos unas bragas
de textura indescriptible,
un bolso negro, pequeño,
y una cartera de lunares.
Me confesó no haber
almorzado al levantarse,
y nos fuimos a un dönner-kebab
a que saciara su hambre.
Yo me quedé fuera
con el cigarrillo, compañía
deplorable de estos tiempos.
Un camarero extranjero
me guiñó un ojo
en señal de aprobación
del compañero humeante.
Me senté a terminar
de fumar, y en mesas de plástico
se asentaban personajes ilustres,
una mujer gorda, tal vez con su hijo,
y una yanqui novia de un tipo
que hablaba árabe.
No sé por qué me creí
que estaba en uno de esos bares
de naturaleza norteamericana,
y olvidé todo provincialismo,
el color especial que dicen que tiene
esta ciudad sureña.
Y en medio de la urdimbre
me percaté de unas curiosas vistas,
de la buena localización
del restaurante, de este
centro comercial que odian
los arquitectos, y le dije
a mi amiga que podríamos
venir aquí a cenar un día.
3 comentarios:
Me gusta... además últimamente me lo paso genial,haciendo cosas simples como ir al un centro comercial =)
guay
Hay que tener buenos ojos para fijarse en los detalles. Siéntete afortunada, no todo el mundo lo hace.
[Qué bonito está esto, cuánto cambio desde la última vez que vine!]
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