sábado, 6 de diciembre de 2008
Me pregunto por qué la noche sigue siendo siempre triste, por qué este orden aparentemente armónico de las cosas no es sino la prueba viviente, tangible, enorme, dañina, de que algo falta, algo que siempre desde hace innumerables siglos busca el hombre -no sé si es porque no lo ha encontrado; me resisto a aceptar tal cosa, esa es la mayor de las tristezas; las mías son muchas pero pequeñitas, aunque no sé ahora mismo qué es peor- eso que solemos nombrar como si fuera algo presente siempre en nuestras vidas, cuando no es así, cuando sólo es posible olerlo a distancia, palparlo fugazmente, sentirlo como un destello de luz que se apaga. Supongo que no hace falta nombrarlo, y supongo también, aunque sin estar muy segura, que es lo único que podría salvarme en este momento, en este momento y en todos los que se parecen a este, a este estúpido vacío inconformista, a este exceso de materia inútil que me rodea; en definitiva, a mi vida, esa palabra grande y pequeña, pesada y liviana, donde la tristeza inunda con precisión todas sus grietas, todas estas noches invernales, hasta cuándo.
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4 comentarios:
Gracias.
Me gustan tus blogs.
Un beso.
Totalmente sobrecogedor.
No te haces una idea del suspiro que he soltado al terminar de leerlo, me encanta.
Un besazo =)
La clave para poder poner encontrar la calma tiene que estar en algún sitio. Es lo único en lo que creo.
Un beso cosica
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