lunes, 29 de junio de 2009

Peligrosa María


Cuando me bajé del autobús sentí una repentina oleada de viento que fue casi como un guantazo. Tachán, mis pezones se endurecían poco a poco y yo trataba de disimular que no me daba cuenta, mientras mis pies se adherían a esas calles del centro tan transitadas. Decidí no preocuparme, dejar que, si querían, me hicieran unos buenos agujeros en la camiseta negra, que ya tenía unos cuantos a la altura del estómago.
Iba a encontrarme con varias amigas e iba a encontrarme también con el recuerdo que en mí había dejado París. Habíamos decidido vernos porque era necesario un petit comité para abordar ciertos asuntos que aún me eran desconocidos. ¿Qué escondería Peligrosa María tan celosamente? ¿Qué era aquello que le había pasado tan grave, que estaba convencida de que se merecía que el mundo le llamara zorra? Tuve que contar yo primero mi affair con monsieur G., que había ocurrido antes en el tiempo, rememorar de nuevo situaciones pasadas, frases que aún no sabía si eran de mentira o de verdad, en resumen, desenterrar del pasado, esa caja abierta llena de polvo que hace estornudar, un episodio de mi vida. Peligrosa María no salía de su asombro y me condecoró con su admiración más profunda.
-Reconozco que lo tuyo pertenece sin duda al escalafón más alto conocido –me dijo sonriendo-. Laura, ¿quieres pasarme el chorizo capitalista ibérico?
A modo de respuesta, sonreí y bebí de una de las botellas de tinto de verano que habíamos comprado para aquella noche. Luego María comenzó a narrarnos su historia, que era tremendamente larga e interesante, y muy compleja también. De vez en cuando, soltaba cosas como ‘Había entre nosotros una complicidad terrible’ o ‘Mi entrega era absoluta, pero no exclusiva’, frases que yo apuntaba corriendo en la libreta del chat noir para poder escribir ahora este pasaje. Algunos de sus sentimientos me recordaban inevitablemente a los míos, encontraba cierto paralelismo en nuestras emociones, aunque en el fondo eran situaciones muy diferentes.
Cuando María había terminado de contar su ajetreada historia, yo le dije que, al menos, podía contar con que monsieur B. la había amado fervorosamente, aunque tanto amor al final le hubiera acabado hundiendo y con él, a ella, al menos en parte.
-Eso es. Míranos a Ana y a mí –había empezado a decir Candela, mirándome con una complicidad terrible-. Entre perdices y gavilanes seguimos enteras. Qué remedio. Pero te digo una cosa, Ana. Víctor te quiere.
Aquello me abrió los ojos de repente. ¿Qué Víctor me quería? ¿Entonces, por qué no contestaba a mis correos, por qué no me llevaba a casa cuando el autobús nocturno había llegado a su fin? ¡Qué carajo! ¿Por qué no me follaba de mil maneras? Entonces Peligrosa María intervino.
-Yo también creo que te quiere. Coño, ¿cómo no va a querer a una tía como tú, a la que le saca… ¿Cuánto? ¿Veinte años? Y a la que tiene loquita… Es imposible.
Laura asintió convencida y me dijo:
-Claro que te quiere. El problema es que sabe que contigo no duraría mucho tiempo, porque él querrá a alguien de manera estable, que viva con él, y tú no te vas a sacrificar por él de esa manera… Entonces se agarra a lo fácil.
Y tanto que se agarraba a lo fácil. ‘Pero si me quiere…’, pensaba yo, tonta de mí. ‘Deja de pensar en eso, que sea así o no, poco soluciona’.
Entre tanto, ya iban tres botellas de tinto de verano, y aún quedaban algunas lonchas de queso y de jamón jugoso proletario dispuesto a ser devorado. María se estaba meando y yo me levanté a acompañarla. Mientras estábamos en cuclillas hablábamos de Los placeres prohibidos y yo le contaba que Cernuda daba para varias tesis, y que una de ellas debía llamarse ‘Los caminos del deseo’. Luego llegamos a la conclusión de que, a estas alturas de nuestras vidas, nos resultaba impensable separar el amor de un buen intelecto. Pensé en Candela, que reconocía en ese grupo de hombres otro grupo a su vez extremadamente peligroso.
-Un intelectual alcachofa, tía. Tanta sabiduría para nada, para tener la cabeza que no les riega, no les riega.
Yo pensaba en Víctor que, muy a mi pesar, no iba a ser nunca un intelectual alcachofa, sino un intelectual único, una mezcla entre atormentado y libidinoso que había conseguido marcar cada rincón de mi piel con sus dedos. Sentía unas ganas tremendas de follármelo, no de hacerle el amor sino de follármelo, de pie, sentados en la mesa de la cocina, en la mesa de cristal de su salón, de morderle todo el cuerpo sin dejarle ninguna marca visible que su mujer pudiera notar. Y que después de todo eso y de más aún me dijera que ya no iba ser posible dejar pasar otro día entero sin verme.
María y Candela, cuando volví a la conversación, hablaban de pollas.
-Yo, francamente, no entiendo cuando alguna mujer me dice que la chupa sólo porque le da placer al hombre, en el caso de que la chupe. ¡Yo la chupo porque me gusta a mí también! Mal que le pese al resto –decía Candela muy convencida-.
-¡Dí que sí! A mí también me gusta chupar pollas. Y además, soy una sádica. Señores, destripamos sus prejuicios –María hablaba como si estuviera dando una conferencia para convencernos-. Si tengo ganas de hacerle un destrozo a uno, se lo hago, y punto.
Todas estuvimos de acuerdo, eso sí, cada una lo aplicábamos a nuestro drama particular. Candela leyó en la libreta una frase que yo había escrito gracias a Laura y me preguntó, sonriendo tristemente –es posible, sí- de dónde había salido aquello de el pretérito duele.

3 comentarios:

Shirak dijo...

Variopintas y desquiciadas

Laura Pepita Grilla dijo...

oh... me lo he comido.. quiero mas! pqueña zorra, te adoro y amo lo que estas escribiendo (sera porque estas conversaciones me suenan el tono) jeje
tu porque chupas pollas?
jeje, quien es G y victor? supongo que nombres irreales... y en la realidad?
te quiero, mojona!

Unknown dijo...

g es victor, son el mismo, el gran gavilán. prometo una nueva entrega pronto... vivan las mujeres desquiciadas!