Yo amé cuanto pude.
Al principio, abstracciones
con los ojos cerrados.
Luego, acercándome
cuanto me fue posible.
Más tarde, inmersa
en laberintos absurdos,
ardiente la carne.
La materialización
del deseo.
Su disipación.
Yo amé cuanto pude
todos los días del mes
incluidos domingos y festivos.
Amé sin esperanza, siempre.
A punto estuve
de vivir al límite,
de jugarme el corazón en las aceras.
Los muros me lo impidieron.
Cruzó un te quiero
y atravesó la ventana,
sobrevoló los tejados del barrio.
Yo amé cuanto pude.
Pero sólo tuve carne, deseo,
sexo trepando por las paredes,
olores impregnados en mi cuerpo.
Y eso no es triste.
No.
Es, quizá,
lo más puro
de todos mis recuerdos.
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