Accediendo a la bandeja de enviados de su cuenta de correo, encontré esta carta, que ella mandó meses después del italiano mal cantado.
Creo que te equivocabas cuando decías que no eras fotogénico, o quizás mis ojos tergiversan la realidad en la que te insertas, donde el tiempo pasa rápido y me olvido de articular cualesquiera de los pronombres personales. Además, la foto no salió movida esta vez, y en ella se difuminaban la calle, los bares y tu rostro en un cúmulo de grises infinitos. No tardé en mostrártela para que vieras, para que tú mismo te dieras cuenta del milagro. Te hice dos regalos, uno tenía que ser un libro, el otro tenía que ser una foto donde la flor que me regalaste en invierno ocupaba el primer plano, ya seca por el paso de las noches. No recordabas, no hacías sino mirarla muy atentamente, el ceño fruncido como queriendo decir no puede ser posible, yo pensando lo mismo. Desde entonces te he dejado tiempo, para que la mires en casa y me digas cuando te acuerdes, si alguna vez te acuerdas.
Aquel día, el día de la foto y el libro, del restaurante italiano (curioso azar cuando hacía unos meses estaba en tu casa cantando Amore disperato) y del té verde, me fui cayendo al suelo y no te dabas cuenta. Sentados en unas mesas donde se superponían retazos de papel de periódico en diversos idiomas, tuve ganas de mirar hacia abajo y decir que te había echado de menos, y no lo hice. Tú hablabas de personas que me eran lejanas y cuyas vidas aunque curiosas no me importaban lo más mínimo. Cuando nos poníamos así, era un marujeo metafísico que me terminaba cansando, y me hacía pensar que era solo un salvoconducto para no acabar hablando de lo que había que hablar. Hay una cosa que se llama miedo, yo lo tengo desde luego, y quizá tú también, y ese miedo está en todas partes, incluso en nuestra conversación sobre mis notas de la universidad.
Como tuve miedo, no hice otra cosa que fotografiarte, por aquello que dijo Cortázar de que fotografiar era una de las mejores maneras de combatir la nada. Y la nada se interponía a las cinco de la tarde entre nosotros, en el nimio espacio que había entre tu silla y la mía y mis piernas estiradas. Cuando fuimos a por el coche, aparcado en el subterráneo, sentí miedo del final. No era la primera vez, porque sentarme en el asiento de delante y ponerme muy lentamente el cinturón significaba el camino a casa, al vacío en el que tu presencia es como agua al fuego, o algo así. En esa situación desagradable siempre deseaba una tercera guerra mundial, atascos de treinta kilómetros, manifestaciones multitudinarias contra el aborto. Una serie de desgracias que me hubieran producido diez suspiros, una declaración en condiciones, con papelito para no olvidar lo importante e irme por las ramas. De qué hubiera servido. Los semáforos en rojo iban sucediéndose pero tu coche azul avanzaba, esquivaba todo obstáculo sans problème para terminar dejándome muy educadamente en la calle que conducía a mi casa. Gracias por el libro, era por tu cumpleaños, dos besos y una mirada que se podía interpretar de mil maneras o de ninguna, o por qué hay que interpretarlas. Abrí muy lentamente la puerta, y tienes que ir ahora a trabajar, como siempre hacía en nuestras despedidas automovilísticas. Ahora podría empezar a llover, o a caer granizo, o podría acabarse la gasolina. Cerré la puerta, y no sonó como un signo de interrogación sino como un guantazo de vuelta a la realidad, espero a que des la vuelta a la avenida, te pido que pares y ya escupo lo que haya que escupir. El coche azul no pasa por este semáforo que llora en tres colores, me vuelvo y avanzo y doy la espalda, y eso también es una metáfora. De repente, en medio de una tristeza cobarde en la que tu olor se evapora, me acuerdo de aquella frase levántate y anda de la que nunca eché mano. No me había parado a pensar nunca que desde el suelo más profundo y oscuro pudiera desafiar la gravedad de la esperanza.
Aquel día, el día de la foto y el libro, del restaurante italiano (curioso azar cuando hacía unos meses estaba en tu casa cantando Amore disperato) y del té verde, me fui cayendo al suelo y no te dabas cuenta. Sentados en unas mesas donde se superponían retazos de papel de periódico en diversos idiomas, tuve ganas de mirar hacia abajo y decir que te había echado de menos, y no lo hice. Tú hablabas de personas que me eran lejanas y cuyas vidas aunque curiosas no me importaban lo más mínimo. Cuando nos poníamos así, era un marujeo metafísico que me terminaba cansando, y me hacía pensar que era solo un salvoconducto para no acabar hablando de lo que había que hablar. Hay una cosa que se llama miedo, yo lo tengo desde luego, y quizá tú también, y ese miedo está en todas partes, incluso en nuestra conversación sobre mis notas de la universidad.
Como tuve miedo, no hice otra cosa que fotografiarte, por aquello que dijo Cortázar de que fotografiar era una de las mejores maneras de combatir la nada. Y la nada se interponía a las cinco de la tarde entre nosotros, en el nimio espacio que había entre tu silla y la mía y mis piernas estiradas. Cuando fuimos a por el coche, aparcado en el subterráneo, sentí miedo del final. No era la primera vez, porque sentarme en el asiento de delante y ponerme muy lentamente el cinturón significaba el camino a casa, al vacío en el que tu presencia es como agua al fuego, o algo así. En esa situación desagradable siempre deseaba una tercera guerra mundial, atascos de treinta kilómetros, manifestaciones multitudinarias contra el aborto. Una serie de desgracias que me hubieran producido diez suspiros, una declaración en condiciones, con papelito para no olvidar lo importante e irme por las ramas. De qué hubiera servido. Los semáforos en rojo iban sucediéndose pero tu coche azul avanzaba, esquivaba todo obstáculo sans problème para terminar dejándome muy educadamente en la calle que conducía a mi casa. Gracias por el libro, era por tu cumpleaños, dos besos y una mirada que se podía interpretar de mil maneras o de ninguna, o por qué hay que interpretarlas. Abrí muy lentamente la puerta, y tienes que ir ahora a trabajar, como siempre hacía en nuestras despedidas automovilísticas. Ahora podría empezar a llover, o a caer granizo, o podría acabarse la gasolina. Cerré la puerta, y no sonó como un signo de interrogación sino como un guantazo de vuelta a la realidad, espero a que des la vuelta a la avenida, te pido que pares y ya escupo lo que haya que escupir. El coche azul no pasa por este semáforo que llora en tres colores, me vuelvo y avanzo y doy la espalda, y eso también es una metáfora. De repente, en medio de una tristeza cobarde en la que tu olor se evapora, me acuerdo de aquella frase levántate y anda de la que nunca eché mano. No me había parado a pensar nunca que desde el suelo más profundo y oscuro pudiera desafiar la gravedad de la esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario