Nunca llevaba reloj, en eso se parecía a ella y también en que andaba siempre mirando distraídamente el suelo como si un terremoto fuera a acabar de repente con los adoquines. Eso ya es una señal, ve usted, la señal de que no se está por completo en el mundo, porque el mundo resulta amenazante. Entonces uno se refugia en sí mismo, y eso le pasaba seguro a este hombre. Ocurre que cuando la conoció el estado ya de por sí caótico de las cosas en su vida se volvió aún más palpable. Y ahora qué carajo, pensaría. La chica era bastante más joven, de hecho verlos juntos por la calle era algo totalmente fuera de lo normal a los ojos de cualquier persona observadora. Porque no parecían pareja, ni padre e hija, parecía más bien que por algún azar se habían encontrado y así tenían que estar juntos, no había otra. No pertenecían a esa clase de parejas que uno los ve y al rato afirma claro, si es que uno es un torbellino y la otra una pájara en una jaula, tenían que estar. Más bien al contrario, a menudo sucedía que la gente se preguntaba lo siguiente: qué hacía una chica joven al lado de un tipo tan austero, y considerablemente mayor. Claro que a mí no me interesa por qué estaban juntos, estarían por algo, digo yo. El caso es que este hombre conoció a la chica en un momento que no era el ideal, ya sabe, con cuarenta años uno se mira al espejo y dice el tiempo pasa y yo quiero quedarme en casa, o algo así. Bueno, no era eso exactamente, lo que quiero decirle es que en su interior se libró el combate resabido entre lo que se quiere y lo que se debe hacer y al final se quedó en la casa.
A cualquiera le hubiera bastado esta negativa para darse por vencido, esconder las cartas del juego o mejor quemarlas, ¿no? La realidad, lo natural, lo preconcebido, se impuso totalmente, o al menos eso era lo que tendría que pensar la chica, y cualquiera al que se le presentara la situación. Una moral al uso echa mano de la lógica, de lo que se impone, en definitiva de lo que llamamos racionalidad. Se olvida poco a poco, se busca otras pieles y otros olores, uno se emborracha todos los días y al final sólo una vez en semana, hasta que de repente y sin que haya pasado más de un mes la mente en blanco, como el botón reset, igualito. Pero por alguna extraña razón (¿o debería decir cerrazón?) la chica se emborrachó, probó pieles y olores y echó mano de los impulsos apareciendo día sí día no en la vida de un hombre que se estaba rehaciendo. Obstinado en olvidar esos labios rojos y sus desiguales dedos de los pies, este hombre hacía oídos sordos a todas las llamadas de auxilio. Una vez que seguí a la chica durante toda la noche, mezcla de farolas y colores, terminó junto con otra acompañante cantando canciones de amor en la puerta del susodicho. Quizá lo mejor sea decir que no estaban demasiado borrachas. Simplemente un pacto tácito les había echo rebelarse contra un muro que estaban dispuestas a derribar, ya se sabe como son los jóvenes, ¿no? Cantaban canciones en italiano, y no lograban ponerse de acuerdo en la letra, desde luego. Eran torpes y lo sabían, pero me resultaron hermosas y frágiles aquella noche. Después de aquello casi me decidí por abandonar mi tarea, pero aquello era el comienzo de algo muy exclusivo.
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