A veces el mundo, y particularmente la ciudad, donde mi experiencia -tanto interior como exterior- se personifica y adquiere un sentido propio, a veces, digo, me parece inabarcable y en consecuencia incognoscible.
Eso propicia una desazón en cuanto confiere una inevitable lejanía a todas las relaciones gracias a las cuales se vertebra el cronotopo.
De esta manera se llega muy fácilmente al nihilismo, a la posibilidad remota del touché que cada vez se aleja más de cualquiera de nuestras percepciones y sensaciones.
La inacción es entonces un camino sin salida al que sin embargo estamos abocados, y la vida se vuelve una suerte de obligación en la cual hemos de constatar todas nuestras lamentablemente inútiles peripecias metafísicas.
Eso propicia una desazón en cuanto confiere una inevitable lejanía a todas las relaciones gracias a las cuales se vertebra el cronotopo.
De esta manera se llega muy fácilmente al nihilismo, a la posibilidad remota del touché que cada vez se aleja más de cualquiera de nuestras percepciones y sensaciones.
La inacción es entonces un camino sin salida al que sin embargo estamos abocados, y la vida se vuelve una suerte de obligación en la cual hemos de constatar todas nuestras lamentablemente inútiles peripecias metafísicas.
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